Rene Magritte, La Traición de las Imagenes

Rene Magritte, La Traición de las Imagenes
"Esto no es una Pipa"

martes 24 de febrero de 2009

¿Nuestro merecido?

Muchas veces se usa a manera de cerrar una conversación pesimista esa frase del tipo "tenemos las autoridades que nos merecemos". Se dice también sobre los profesores, sobre nuestros mercados, nuestro tráfico y así sobre cualquier mal que nos quede algo grande, sobre el que nos lamentamos pero sobre el que sentimos que no tenemos ningún poder o influencia.

Creo que a nivel sociológico o estadístico es acertado decirlo. Por ejemplo, nos merecemos a nuestros diputados y senadores, porque fueron votados por la mayoría de nosotros de acuerdo a unas reglas que acatamos al momento de votar y porque son ciudadanos como nosotros (aunque no podemos negar que parece que son nomás más "vivos" que el resto de nosotros), por lo tanto sus debilidades son las nuestras y es difícil pedirles a ellos una integridad y consecuencia que no es común ver en nuestras calles, o que no ejercitamos nosotros mismos.

Ah, que implacable e inconmovible resulta la pinche estadística. Según ella, sumada a nuestra tan aritmética democracia, también nos hemos merecido por ejemplo las dos históricamente catastróficas gestiones municipales de “el Yoni”, una década que nos debió haber proyectado como la ciudad que algunos creíamos que nos merecíamos, impulsados entre otras cosas por la implementación de la ley de Participación Popular con sus nuevas atribuciones en salud y educación y viabilizando un muy práctico grado de autonomía municipal, y que más bien fue una verdadera década perdida, cuyas consecuencias vivimos hoy en grados absurdos, sin que la simpatía de Percy sea ya suficiente para reencaminarnos a hacer la ciudad para vivirla, en lugar de tener que soportarla y sobrevivirla.

No se trata de ser lapidarios con el municipio solo porque sea fácil. Para mi no lo es. Yo le tengo mucho cariño y tengo fe en el potencial de transformación que representa. Y no me lo imagino, sino que nos lo muestran órganos aislados de ese organismo, como la Dirección de Parques y Jardines (creo que ya le cambiaron de nombre): Angélica Sosa es mi ídola! Una arquitecta la muerte de agradable y buena gente que está recuperando –muy lentamente para los absurdamente impacientes como yo- las áreas verdes de la ciudad con un cariño realmente inspirador. Como su legado van a quedar la montonera de Parques Urbanos cerrados que está construyendo, al margen de la discusión sobre la pertinencia o no del enmallado. No puedo dejar de imaginarme cómo sería nuestra ciudad si ese entusiasmo y esa eficiencia se vivieran en la mayoría de las reparticiones municipales. Y si se comunicaran entre sí.

No es bonito generalizar, y seguro que hay en todas las reparticiones del municipio profesionales que creen en su trabajo y que luchan cada día contra la burocracia y la ineficiencia (conozco varios, pero tampoco es bonito echar flores a los parientes y amigos). Pero, de nuevo: estadísticamente hablando… la cosa no anda.

La ciudad que nos merecemos

No me voy a poner a enumerar aquí los enormes problemas que enfrenta nuestra querida ciudad. Son tristemente célebres, como se dice. A mi entender, no son problemas estructurales: no nos vemos obligados a construir en las laderas de los cerros, no nos falta el agua o ese tipo de cosas, sino que más bien son fruto de nuestra incapacidad. De autoridades y ciudadanos. Y por lo mismo, pueden ser resueltos.

Lo que prima en Santa Cruz de la Sierra es la total desconsideración por los demás. Eso está dicho y demostrado hasta el cansancio. Todos permitimos que los demás pisoteen nuestros derechos porque nos reservamos el derecho a hacer lo mismo (casos cotidianos: el que se para en doble fila con su vehículo, el que hace sus fiestas con la música a toda madre, etc).

Esa lógica de pueblo sin ley aplicada a una metrópolis de dos millones de personas nos lleva a este festival del maltrato mutuo que es nuestra convivencia urbana. Y es que ese tránsito de pueblo a metrópolis debió ser guiado por el gobierno municipal: se nos debió enseñar las reglas del juego para vivir bien en comunidad. No sólo no se nos educa en ciudadanía, sino que con su poderoso ejemplo, el municipio nos marca caminos erráticos o francamente tristes. No puedo dejar de referirme a ejemplos de la desesperante cotidianeidad. Uno: por estos días el municipio decidió el resellado del pavimento de algunos puntos de la ciudad. No me enteré porque lo haya leído en el periódico o algo parecido, sino que me tocó caer, junto a otros muchos ilusos, en tres trancaderas que se cobraron horas preciosas de mi vida y años de salud mental. En otras ciudades estos trabajos se realizan durante la noche, y si es necesario cortar vías, se establecen rutas alternativas –de las que se informa en los noticieros con anticipación- además, obviamente de señalizar adecuadamente el entorno. ¿Por qué no podemos hacer algo parecido? ¿Por qué los ciudadanos tenemos que padecer las obras en lugar de disfrutarlas? ¿Es sólo incapacidad? ¿O el mensaje es que el respeto por el prójimo equivale a un rábano?

Suena bastante exagerado. Y tal vez lo sea, suelo ser bastante alharaco. Pero a ver este otro “mensajito”: el municipio va a liquidar el camellón central de la avenida Grigotá, que cruza el monstruoso mercado La Ramada. ¿Los motivos? 1) Es imposible mantener limpia la jardinera central porque la gente bota su basura y hasta usa los jardines como baños. 2) Hace falta aumentar el número de carriles para vehículos porque entre los mercanchifles que invaden acera y calzada y los taxistas y otros mamíferos que se paran donde quieren, queda muy poco espacio para circular.

¿Se entiende el mensaje? La ciudad se construye a escala del más prepotente, y generalmente acorralando al resto. Ni siquiera se discute la alternativa de conservar el área verde educando, sancionando, o poniendo baños públicos. O la posibilidad de recuperar los carriles con multas, grampas o alternativas creativas. Ni hablar de la locura de hacer que los comerciantes respeten esa absurda norma de que está PROHIBIDO ponerse a vender en las aceras y calles.

Ese comportamiento del estado local es muy coherente con el comportamiento de “la gente”. Resultan mutuamente funcionales (yo no espero nada del municipio, y me reservo el derecho de no cumplir una sola ordenanza). A mi entender, esta es la fórmula de la autodestrucción. Bueno, no así “KA-BOOM”, pero casi.

Mi mujer dice que a la gente no le molestan las cosas que a mi si. Y como siempre, tiene razón. Pero de nuevo, eso de “la gente” es un término estadístico. Quiere decir “la mayoría de las personas”. Ahora, ¿cuál es la aritmética del asunto? ¿Cuántos de nosotros somos suficientemente pocos como para ser estadísticamente “despreciables”? Acaso nuestros derechos no debieran aplicarse al margen de las matemáticas?

Otro gran ejemplo

Esto bien puede costarme la crucifixión, pero no puedo dejar de hablar del carnaval.
La fiesta grande de los cruceños es capaz de movilizarnos como nada. Dedicamos más energía a estos días de pachanga que a cualquier causa colectiva o individual que pueda imaginarse, incluida la autonomía. Y los recursos que gastamos en esta jodita provocan que los siguientes 3 meses no haya un peso en la economía local. Ni hablemos de las resacas, embarazos y divorcios que deben sobrevenir (estas ya son especulaciones de mi vieja chismosa interior). Hasta el arriba vilipendiado municipio se esmera en que las obras del segundo anillo queden habilitadas a tiempo para el corso (no, para los vehículos no) y hasta la fiscalía se presenta ante las cámaras de tv inspeccionando las tarimas, para que no hayan más miracorsos apachurrados.

-El corso ya ni lo veo, así que no se si sigue siendo ese desfile de borrachos que solía ser. Lo que sí se es que a su paso (a una cuadra de mi morada) la luz se nos fue tres veces, porque un carro un pelito demasiado alto se llevó por delante el tendido eléctrico. Cosas que pasan.-

El carnaval, (incluidos el pre y el post) implican por lo menos la cuarta parte del año. Pero estos días, los tres días benditos, los meros días, son dignos de estudio.

No pretendo hacer tal cosa, pero algunas observaciones al respecto me van a ayudar a llegar al punto que quiero tocar (lo se, lo siento, me cuesta no dar tantas vueltas).

Mientras escribo en este tercer día de carnaval a eso de las tres de la tarde, miro por mi ventana en el quinto piso, cerca del segundo anillo. Truenan las bandas. Tantas, que resulta difícil reconocer las canciones e imposible ubicar de dónde vienen. Un hombre muy gordo orina contra la pared de una casa hasta inundar la acera. Se tambalea un rato mientras espera vomitar. A unos pasos, en la esquina, su vehículo estacionado cruzando la calle se encarga de cerrar el tráfico. En media calzada, una mesa llena de botellas y una pareja embrutecida que se pelea a gritos, al borde del mutuo botellazo en la cabeza. Los niños revolotean alrededor con sus armas acuíferas. Idílica la huevada.

Suena ñoño, moralista y repelente, pero admitámoslo: es decadente y es bastante patético lo que sucede en carnaval. Yo también lo he vivido y claro, cuando uno está ebrio hasta la idiotez, no es vergonzoso ni triste el espectáculo, sino divertidísimo, los chistes son muy ingeniosos y la sensualidad es de película. Pero nada choquito. Es nomás triste.

Pero aparte de eso, que son mis ñoñadas, está el tema de los derechos pisoteados. Porque una cosa es que el centro histórico se cierre al tráfico (me imagino que hasta debe haber una ordenanza que lo dispone) para que los que vayan jueguen y chupen como cosacos. Pero muy distinto es que sea imposible circular cerca del segundo anillo porque tres borrachos (o una comparsa entera, da lo mismo) deciden cerrar sus calles. Me costó veinte minutos lograr salir de mi barrio ayer.

Pues aquí don Ñoño opina lo siguiente: ¡Que vivan las calles peatonales! Pero no me joroben, es muy distinto encontrar una tranca y un gendarme que te explique que han peatonalizado una calle de manera planificada y buscando el bien común, a que te encuentres con un borracho que pone un tronco y su taxi y te mira horrible si se te ocurre acercarte. Eso me agrede, y me insulta. ¿Con qué derecho lo hace?

Pero es por eso que nos encanta tanto el carnaval. Puedes hacer todo lo que quieras, incluso si perjudicas a los demás -siempre y cuando seas más prepotente y/o numeroso-.

Y esto me lleva –aunque usted no lo crea- al punto.

Y es que, ¿qué tan legítimo o al menos inteligente es vivir de acuerdo a pulsiones de mayorías, y formarnos en el arte de obligar a los demás a ceder sus derechos así, a la fuerza? ¿por qué debo encerrarme en carnaval? ¿o renunciar a un carril por culpa de un chanta? ¿o a un espacio público por culpa de un cochino? ¿o para el caso de días efervescentes, a opinar distinto sin ser censurado o descalificado? ¿o por qué resulta suicida pretender trabajar o circular por nuestra ciudad cuando hay paro cívico? ¿cuándo vamos a respetar a las minorías?

Me resulta de una gran hipocresía, debo decirlo. Porque exigimos al gobierno que reconozca y respete a la minoría nacional que votó por el NO a la constitución, pero no somos capaces de respetar, o siquiera sacarle la pata de encima a las minorías locales. Peor escucharlas o integrarlas. ¿Es esa nuestra “otra visión de país”?

Callate masista de mierda

Termino mi perorata del mes con una anécdota que parece sacada de un guión de “Two and a Half Men”. A propósito de la ciudad, el bien común y el tamaño de nuestra prepotencia.

Manejaba hace unos días por el primer anillo, con los nervios crispados por el tráfico imposible. O sea, todo normal. Semáforo en rojo. Delante mío se detiene una de esas vagonetangas con vidrios oscuros y hartos stickers anti-chavez, siluetas de la nación camba y SIes o NOes, según correspondiera. El conciudadano baja su vidrio y se encarga de decorar con fino gesto la jardinera que tan amorosamente cuida Angélica Sosa con una lata de paceña y otras porquerías.
Cuando hubo luz verde, lo alcancé y le dije “no pues amigo, como va a tirar así su basura”. El camba era grandote y mi osadía no le hizo ninguna gracia. Me gritó sin mucha furia pero con cara de combatiente enemigo: “Callate, masista de mierda”.
Me quedé frio y mudo. No solo por lo grandote del referido conciudadano, sino porque no entendí nada. El hombre me dejó pensando. Y mis conclusiones son penosas y preocupantes. ¿Por qué –me decía yo- el pretender que la ciudad no sea un chiquero me convierte en un masista de mierda? Pero no es ese el asunto. No la basura. Lo que a este cruceñazo le olió a “colla comunista” es la sola idea de ese asunto del bien común. Eso de “común”, “comunitario”, esas son porquerías de comunista... Nada carajo, acá el individualismo a ultranza es la única ley, y el tamaño de mi vagoneta determina mis posibilidades. El Far West, un convento de carmelitas.

Y así, pensando y escribiendo me doy cuenta de que no es sólo el MAS el que con sus barrabasadas está estropeando en nuestro imaginario los conceptos de vida en comunidad y bien común. Nuestro comportamiento (el de ciudadanos y autoridades) cómodo y desconsiderado y esta Identidad Cruceña tan forzada que nuestros liderazgos están desesperadamente construyendo, haciéndolo sobre nuestras debilidades y complejos, en lugar de hacerlo sobre nuestras fortalezas, nos hacen daño. Los cambas, además de machistas, superficiales e individualistas, también somos –paradójicamente- nobles, generosos y solidarios. ¿A qué le tenemos miedo?